
-Ni siquiera sé adónde ha ido. Pero, en mi caso, no hay nada que hacer. No hay manera de arrglarlo. Él ya no volverá.
Se echó a llorar. Habían sido novios desde que iban al instituto. Quise consolarla, pero no había consuelo posible.
-¿Y si fuéramos a tomar una copa?
Estuvimos bebiendo en un bar que no cerraba en toda la noche. Yo vodka y ella daiquiris. Nos tomamos tantos que era imposible contarlos. Sin embargo, aquella noche apenas hablamos.
Los gatos antropófagos
Murakami
Pensamos que lo arreglamos todo bebiendo y bebiendo, hasta no poder más. No creo que sea esa la solución a todos nuestros problemas. Creemos que si, pero no. Ya sé, todos lo hacemos. Yo también.
Llorar, hablar, reír, hablar, salir, hablar, correr, hablar, gritar, hablar…
Lo que me ha quedado claro, tras mi experiencia, es que hay que hablar las cosas. Cómo nos sentimos, qué queremos y qué nos gustaría tener y no tenemos. Vale, hay que beber, pero al beber lloramos y damos pena (sólo a nosotros mismos). Luego, queremos gritar y pasamos al odio. Es entonces cuando nos damos cuenta de que nada de lo que hemos hecho ha merecido la pena. Nos preguntamos que qué estábamos haciendo. Sí, hemos perdido el tiempo.
Qué bien se siente una cuando llora. Yo lloro con cada capítulo de Anatomía de Grey, ¡qué tontería! pero me pasa y me quedo tan bien. La vida es un culebrón, y cada uno de nosotros tiene el suyo propio. Será por eso que nos sentimos identificados con la mayoría de guiones de películas y de series. Es por ello por lo que nos gustan los finales felices. Todo el mundo quiere su final feliz.
Yo también quiero mi final feliz.